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Mientras esperábamos que llegaras me preguntaba cómo serías, a quién te parecerías, que cosas te gustarían y qué cosas no…, te imaginé en tu primer día de clases, en tus graduaciones, mi imaginación volaba a tal grado que imaginaba el día que nos dejarás para unirte en matrimonio al hombre que algún día conocerás y amarás.
Me preparé física, emocional e intelectualmente para recibirte. Traté de mantenerme al tanto de las cosas que te ocurrirían, tus enfermedades, tus logros, traté de aprender todo lo que estuvo a mi alcance.
Tu papá estaba ansioso, lo único que quería era
tenerte en sus brazos y arrullarte, yo recopilaba historias para contarte, la historia de tu nombre por ejemplo; oraba a menudo a Dios rogándole que nacieras sana, que fueras inteligente, bella, sensible. Nuestros conocidos nos colmaban de buenos deseos, y yo trataba de transmitírtelos mientras estabas en mi vientre.
Mi apariencia física cambió, y cuando observaba mis nuevas formas trataba de adivinar cómo estarías, qué harías, si tendrías tantas ganas de conocerme como las que tenía yo de conocerte a ti.
Hija, todo lo que pasé, todo lo que sufrí, todo lo que tuve que soportar lo viviría mil veces más sólo por verte sonreír. Realmente valió la pena la espera.

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