miércoles, 29 de agosto de 2007

La Espera


Mientras esperábamos que llegaras me preguntaba cómo serías, a quién te parecerías, que cosas te gustarían y qué cosas no…, te imaginé en tu primer día de clases, en tus graduaciones, mi imaginación volaba a tal grado que imaginaba el día que nos dejarás para unirte en matrimonio al hombre que algún día conocerás y amarás.

Me preparé física, emocional e intelectualmente para recibirte. Traté de mantenerme al tanto de las cosas que te ocurrirían, tus enfermedades, tus logros, traté de aprender todo lo que estuvo a mi alcance.

Tu papá estaba ansioso, lo único que quería era tenerte en sus brazos y arrullarte, yo recopilaba historias para contarte, la historia de tu nombre por ejemplo; oraba a menudo a Dios rogándole que nacieras sana, que fueras inteligente, bella, sensible. Nuestros conocidos nos colmaban de buenos deseos, y yo trataba de transmitírtelos mientras estabas en mi vientre.

Mi apariencia física cambió, y cuando observaba mis nuevas formas trataba de adivinar cómo estarías, qué harías, si tendrías tantas ganas de conocerme como las que tenía yo de conocerte a ti.

Hija, todo lo que pasé, todo lo que sufrí, todo lo que tuve que soportar lo viviría mil veces más sólo por verte sonreír. Realmente valió la pena la espera.

viernes, 3 de agosto de 2007

El Anuncio



Es curioso cómo la vida nos depara sorpresas, cómo busca el momento preciso para dárnosla y espera paciente nuestra reacción.

Cuando supe que venías en camino, pasaron muchas cosas por mi cabeza: pensé que quizá no iba a estar capacitada para cuidarte, que la responsabilidad sobre mis hombros era demasiada, que habría situaciones que no sabría enfrentar y muchas veces me sentí abrumada por lo que se avecinaba. Tenía muchas cosas que resolver con tu papá y sobretodo conmigo.

Cuando fuimos al primer control, estaba nerviosa…, nunca había esperado un hijo y todo era nuevo para mí, sigue siendo nuevo. Entramos a la sala de la doctora, me indicó lo que debía hacer y cuando apareció la tu imagen en la pantalla quedé totalmente en blanco. No podía creer que eso estuviera ocurriendo en mi vientre.

Luego, cuando escuché los latidos de tu corazón –fuertes y dulces- el mío se vió sumergido en una especie de bálsamo que alejó cualquier duda o temor. De vuelta a casa Sebastián me miró y me dijo sonriendo “y tiene corazón”.

Miré tus “fotos” infinitas veces como queriendo convencerme de que eras real, que no era un sueño, y por sobretodo que eras “mía”.

Durante los meses que te esperamos tu papá y yo tuvimos que crecer y madurar, aprender a tolerarnos y a aceptarnos. Tú nos has hecho mejores personas de lo que pudimos ser estando solos.

Conté los días para verte y saber cómo eras…, pero eso lo conversaremos en otra oportunidad.